Dialugar
Abrir la escucha requiere un olvido propio, un olvido momentáneo, sin olvidar, por supuesto, que el inconsciente siempre se encarga de recordar aquello que insistimos en olvidar.
Para abrir la escucha es menester hacer un espacio a alguien, es un espacio subjetivo lejos de uno aunque lo suficientemente cercano para que el otro abra el recipiente de Pandora y la palabra surja.
Levinas insistió en que lo más ético era dialogar, en lugar de absorber o de destruir eso otro inefable, inalcanzable. Pero no es nuevo que tengamos a hablar y querer ser escuchados sin intención de escuchar. Hablar, hablar, hablar, hacerse un espacio de manera brusca entre los otros cuerpos como si en caso de no hacerlo corriéramos el terrible riesgo de desaparecer.
Escuchar es una acción que se ha planteado en la pasividad. Recibir el mensaje de aquel que necesita comunicar ¡oh! La urgencia de decir lo que pasa, lo que no pasa, lo que peligra, lo que se necesita.
Pero lo que es cierto que requerimos de una actividad constante para escuchar, es una actividad disfrazada de pasividad.
En el judaísmo, para recibir la palabra divina se le dice al que escucha Shema Israel (Escucha, Israel); en la música se escuchan ritmos, armonías, tonos, texturas y, según Pierre Schaeffer puede existir la escucha pasiva, causal, reducida, etc; y cuando alguien toca la puerta de nuestro consultorio ¿Qué escuchamos?
La pregunta requiere articularse con las dificultades contemporáneas que constituyen el lazo social, sin embargo lo que es cierto es que sin haber abierto nuestra caja de Pandora no podríamos hacer espacio a ningún otro, que a su vez, fue necesario que alguien lo hiciera con nosotros.
Estamos hablando de un dispositivo que aparece a comienzos del siglo XX señalando que hace falta algo : escucharse.

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